Carta sobre la Contemplación Cristiana
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Pronto podremos ver la versión en ITALIANO y en PORTUGUÉS.

La espiritualidad de Soledad Mariana se caracteriza por subrayar el valor de la contemplación en el cristiano tomando a María como modelo. En esta carta, el P.Bernardo Olivera presenta a la vida contemplativa del cristiano como la maduración de las virtudes teologales, es decir de la fe, la esperanza y la caridad

Nuestra Señora de los Angeles, 19 de marzo de 1988

Muy queridos amigos:

Han pasado ya cuatro meses desde mi primera y última carta. Realmente tienen razón los que dicen que el tiempo tiene alas. Hoy, fiesta de San José, me pongo nuevamente a escribirles a fin de comulgar con todos y cada uno. Aprovecho esta carta para agradecerles los comentarios favorables sobre la anterior. ¿La recuerdan? En ella les hablaba de la espiritualidad mariana y, más concretamente, de nuestra identidad. Si no les agradezco los comentarios negativos es porque no los he recibido..., pero estoy listo para agradecerlos en el futuro.

Les decía en la otra carta que María es para nosotros un modelo que nos atrae a la contemplación en su soledad solidaria. El señor quiere que seamos contemplativos en María.

Trataré ahora, lo mejor que pueda, de decirles algo sobre la contemplación cristiana. No se impacienten. Seré breve. Diré solamente algo. Me contentaré con dos palabras en respuesta a ??la pregunta: ¿qué es la contemplación? Es decir, cuál es su esencia, qué es aquello que subyace a cualquier forma de oración contemplativa y va más allá de todas ellas. Dicen los entendidos que el hombres es un animal racional, y lo es sin que importen su altura, color de piel, kilos de peso... De igual modo, tratamos de saber qué es la contemplación sin que importen las formas que ella pueda tomar.

Comienzo con esta afirmación: la contemplación es una manera de ver. Una forma particular de conocer. Con el regalo de la fe, Dios nos da nuevos ojos: ¡sus propios ojos! Con el don del amor nos da un corazón nuevo: ¡el suyo! Si aceptamos su regalo y lo sabemos aprovechar, podremos ver con sus ojos y vivir con su corazón.

Ahora bien. la fe sin amor está muerta: el amor vivifica la fe. De igual manera, los ojos sin corazón están muertos, no pueden ver: el corazón da vida a los ojos permitiéndoles ver.

¿Qué es la contemplación? Ver con los ojos del corazón: ¡ los ojos del corazón de Dios! La contemplación es un regalo que debemos conquistar. Con la fe y el amor ya hemos recibido su anticipo. Se ellas crecen, se convertirán en fe enamorada que reconoce a Dios en todas partes y nos une a él.

Para que entiendan mejor lo dicho van este par de cuánticos. Cuentos, sí, pero de la vida real. Estoy seguro de que cualquier enamorado, y más todavía cualquier enamorada, pescará el primero al vuelo. El segundo será claro como el agua pura para cualquier mamá.

Hace ya algunos años tuve la gracia de conocer a una monjita muy anciana; se llamaba Rosa, de esas que son más sabias que muchos letrados. Deseaba yo saber qué era la contemplación. Y se lo pregunté. Por toda respuesta, me confió lo que ahora les comparto tan literalmente como la memoria me lo permite.

Nunca me olvidaré la primera vez que alguien me amó. Por lo que yo era, en un primer momento me parecía mentira. Pero me largué y confié, luego creí y cuando amé encontré lo que e??speraba y hasta ese entonces había deseado. Meses después, todo lo que yo sabía se me oscureci㺠tenía que ir haciendo mío lo suyo, lo que mi novio valoraba, sus puntos de vista, su verdad. El vivía otro tanto, a la inversa de mí: tenía que hacer suyo lo mío. Un año y pico después de casarnos empezó a hacerse la luz. Comencé a mirar y ver de una manera nueva: con la calidez de los ojos de nuestro amor... hace ya cuarenta años que mi marido falleció treinta y dos desde que mi Señor y Esposo me llamó al convento... Y sigo viendo, más clavito aún que antes, por el don de Su amor.

Otra vez, hablando sobre la contemplación a un grupo de familias, una mamá que hacía poco había tenido su primer hijo, me dijo esto:

Cuando Cabritos está resfriado, yo lo sé antes de que empiecen los achís o a colgarle las velas

Intrigado pensé: "Qué raro, que yo sepa, Dolores nunca estudió enfermería; estoy seguro, además, de que ni siguiera sabe que exista algo llamado puericultura". Y le pregunté:

Perdón Dolores; no entiendo cómo haces para conocer que tu hijo está resfriado antes de que aparezcan los síntomas.

Su respuesta fue instantánea:

Muy sencillo, ¡lo amo!

No vien calló, habló Ramón, su marido. Nunca había querido antes asistir a reuniones de ningún tipo. Era de aquellos que en misa se quedan en el fondo, aunque los primeros bancos estén vacíos. Yo sólo lo conocía de vista. Ese día, por casualidad o providencia de Dios, se encontraba entre nosotros. Con voz firme agregó:

Yo pienso que la contemplación es fe iluminada por el fuego del amor.

¡San Juan de la Cruz!, me dije a mí mismo lleno de asombro. Recobré el aliento cuando alguien explicó que Ramón era jefe de bomberos.

Espero que estos dos cuentos les haban meditar. Por mi parte, estoy seguro de que San Pablo confirmaría sin vacilar lo afirmado por Rosa, Dolores y ??Ramón. El andariego apóstol pedía siempre al Padre que iluminara los ojos del corazón a de los suyos para que lo conocieran plenamente (cf. Ef. 1,15-19; 3,14-19; 4,13). Tenía bien sabido que sólo se conoce perfectamente a Dios cuando el amor es grande (cf. Fil. 1,9-11; Col. 2,2-3; 1,3-12; 3,9-14).

San Pedro, el primer Papa, esneñaba que sin una fe coronada por la caridad, se es como un ciego y corto de vista que no puede conocer plenamente a jesús (cf. 2 Ped. 1,1-11).

Y los discípulos que iban a Emaús, Cleofás y el otro, a causa de la muerte del Maestro estaban desesperanzados, sin fe y sin amor, con ojos legañosos, caras largas y corazones fríos. Per el fondo del problema consistía en que no creían en la resurrección. Entonces Jesús les salió al paso; no obstante, no lo reconocieron. Y les explicó las Escrituras y ya en la casa partió el pan y, finalmente, se les abrieron los ojos, latió el carazón y lo conocieron plenamente (Lc. 24,13-35).

En fin, el mismo Jesús en persona nos dice que sólo conocen perfectamente al Padre aquellos que, por ser gente sencilla, reciben la revelación del Hijo (cf. Mt. 11,25-27). Y yo no tengo dudas de que Rosa, Dolores y Ramón son de esos sencillos a quienes el Padre no les oculta su Misterio.

Volviendo a lo que les decía al comeinzo, la fe es participación en el conocimiento divino así como el amor es participación en la vida de Dios, que es Amor. Pero nadie es hijo de Dios sino en el Hijo, Jesucristo.

En efecto, en Jesús están todos los regalos de Dios. Aun más, jesús es el gran Don del Padre a los hombres. La contemplación cristiana es visión con los ojos del corazón de Jesús resucitado.

Y Jesús quiere que a él y todo lo suyo lo recibamos en el Espíritu Santo y en María, la llena de gracia. Por este morivo queremos ser contemplarivos en María. Queremos contemplar a Dios con la fe y el amor de María, con los ojos de su corazón.

Podría ya concluir aquí, ¡pero resulta que María está casada! Sería una i??mperdonable falta de tacto dejar de lado a san Jsoé. Y sobre todo cuando se trata de contemplación. Teresa, la de Avila que de esto entendía bastante, aconsejaba: "Quien no hallare maestro que le enseñe oración, tome este glorioso santo por maestro, y no errará en el camino" (Vida, VI:7).

Si les parece bien, les propongo lo siguiente: unirnos todos los días en una oración a san José. ¿De acuerdo? Adelante, entonces; oremos:

José, joven en quien Dios se confió
esposo de nuestra Madre Virgen, María:
¡dame parte en la intimidad de tu secreto!

Silencioso y oyente,
servicial y presente...
El de ojos admirados,
deseos confirmados,
corazón inflamado,
brazos arremangados...
Justo esposo creyente
fiel padre obediente...
Por la soledad de tus noches
y la solidaridad de tus días:
¡ac?enos en María
y nombra a Jesús en mi vida!

Y ahora sí. Punto final. Cuenten siempre con mi recuerdo de hermano. Que la proximidad de la Pascua los llene de Vida. Seamos Solidarios para que nuestra soledades sean fructuosas.

Con un abrazo bien grande, en Ella
Bernardo